Por la mañana me levanto, pensando.
El sol aun no ha salido,
la cama se niega a perder la batalla.
Mi morsa,
mi única jefa,
aquella que nunca quise tener.
Ella se mueve,
sus carne, sus terribles carnes,
son ahora mi más temida pesadilla!
Algunas veces viene
y reclina su cabeza,
más brillante que la brillantina
sobre mi hombro
y yo le pregunto,
morsa,
¿dónde estás?
¿dónde te ocultas?
y me responde
con su apestoso aliento,
tu nunca te diste cuenta
aunque te llamé
y llamé
y continué llamando
desde un lugar
más allá,
más allá del puro asco,
más allá de la nausea
donde nada,
donde todos,
querían que me quedase
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